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La Catedral de Tortosa: piedra y memoria en el corazón de la ciudad

Guía Turístico en FreeTourtosa

Una visita guiada para entender un edificio que ha crecido al mismo ritmo que Tortosa

Hay un momento, cuando entramos en la Catedral de Santa María de Tortosa, en la que conviene olvidar por unos instantes las fechas, estilos y nombres de los artistas.


Primero es necesario mirar.

 

Mirar la altura de las naves. La luz que entra por los ventanales. La sucesión de capillas. El camino que rodea al presbiterio. Las tumbas bajo nuestros pies. Las piedras que han sido movidas, reutilizadas, esculpidas o gastadas por el paso de generaciones.


Porque la Catedral de Tortosa no es sólo un monumento que debe contemplarse. Es un sitio que se ha ido construyendo durante siglos y que conserva, superpuestas, muchas de las historias de la ciudad.


Y esto es precisamente lo que intentamos descubrir durante la visita.

Un sitio sagrado mucho antes de la catedral gótica

La Catedral se alza en uno de los espacios históricos más importantes de Tortosa, muy cerca del Ebro. Pero antes de que existiera el edificio que conocemos hoy, este mismo lugar ya había sido escenario de muchos siglos de historia. Aquí se encontraba el foro de la Dertosa romana; posteriormente hubo un espacio de culto en época visigótica y, durante el periodo islámico, la mezquita mayor de la ciudad. Con la conquista cristiana del siglo XII, el espacio volvió a transformarse.

 

Entre 1158 y 1178 se construyó una primera catedral románica. Hoy apenas podemos contemplarla, ya que fue desapareciendo progresivamente a medida que avanzaba la construcción del nuevo templo gótico. Aun así, aquella primera catedral sigue formando parte de la historia del edificio que vemos actualmente.

 

En 1347 comenzaron las obras de la actual catedral, y lo hicieron por la cabecera. Mientras el nuevo templo gótico iba creciendo, la antigua catedral románica continuaba formando parte de la vida religiosa de la ciudad. Poco a poco, sus diferentes espacios fueron desmontándose para dejar paso a la nueva construcción.

 

Durante un tiempo, por tanto, dos catedrales compartieron el mismo espacio: una que estaba desapareciendo y otra que apenas comenzaba a levantarse. Es una de esas imágenes difíciles de imaginar cuando hoy entramos en la Catedral y contemplamos el edificio completamente terminado.

Una catedral construida durante siglos

Las obras se prolongaron durante mucho tiempo y, a lo largo de los siglos, arquitectos, maestros de obra, escultores, pintores, carpinteros, herreros y artesanos de diferentes generaciones fueron dejando su impronta en el edificio. Sin embargo, el interior conserva una sorprendente sensación de unidad.

 

Una de sus grandes particularidades aparece precisamente en la cabecera: la doble girola, que permite rodear el espacio del presbiterio a través de un sistema de capillas y pasos que da a esta parte de la Catedral una configuración especialmente rica.

 

Pero durante la visita no nos interesará sólo saber cómo está construida, sino también entender por qué está construida así. Una catedral medieval no era concebida simplemente para ser admirada. Cada espacio tenía una función: por ahí circulaban procesiones; aquí celebraban los canónigos; en determinados altares se encargaban misas; delante de una imagen se cumplía una promesa; bajo una determinada losa descansaba un obispo, un canónigo o algún personaje vinculado a la ciudad.

Altar mayor de la Catedral de Tortosa

Mucho más que una iglesia

Durante siglos, la Catedral fue uno de los principales centros espirituales de Tortosa. Aquí acudían los fieles a misa, a confesarse, a venerar reliquias, a pedir protección, a cumplir promesas o a participar en las grandes celebraciones del calendario cristiano.

 

Pero también llegaban allí en momentos mucho más personales: un bautismo, un matrimonio, la muerte de un familiar, una misa encargada por un difunto o un cumpleaños funerario que permitía mantener viva su memoria. De una manera u otra, una vida entera podía quedar relacionada con estos muros.

 

Por eso, cuando hoy recorremos la Catedral vacía o silenciosa, debemos hacer un pequeño ejercicio de imaginación. Durante muchos períodos de su historia, este debió de ser un espacio lleno de movimiento: campanas, oficios religiosos, procesiones, sacerdotes, canónigos, monaguillos, fieles, cirios, música, plegarias y conversaciones.

 

La Catedral que hoy visitamos era también una catedral habitada.

La canónica: una comunidad en la ciudad

Y esa vida no terminaba a las puertas del templo. Al lado de la Catedral se conserva una parte importante de las dependencias de la antigua canónica agustiniana, una comunidad organizada en 1153 por Gaufred de Aviñón, primer obispo de Tortosa después de la conquista cristiana y antiguo abad de San Rufo.

 

Los canónigos vivían según la regla de san Agustín y desarrollaban funciones religiosas, administrativas, culturales y asistenciales. Alrededor del claustro se organizaban espacios como el refectorio, el dormitorio, la sala capitular o las dependencias del prior mayor. Aquí comían, descansaban, tomaban decisiones y rezaban.

 

En estos espacios desarrollaron buena parte de una vida comunitaria que se mantuvo hasta la secularización de la canónica, en 1772. Hoy, una parte de estas dependencias alberga la exposición permanente del patrimonio de la Catedral.

Atravesar una puerta y entrar en muchas historias

Es precisamente en estas dependencias donde comienzan a aparecer algunas de las piezas que nos permiten ir mucho más allá de la arquitectura. Piedras romanas reutilizadas, objetos litúrgicos, esculturas, pinturas, sepulturas, documentos convertidos en piedra y, sobre todo, testimonios de personas que, sin saberlo, terminarían llegando hasta nosotros.

 

Entre ellas se encuentra Meliosa, una joven judía que murió a los veinticuatro años y que hoy recordamos gracias a una extraordinaria lápida escrita en hebreo, griego y latín. No vamos a contar aquí toda su historia. Merece un artículo propio.

 

Como también lo merecen la piedra de los Tres Sellos, la vida de la canónica, las sepulturas episcopales, el claustro o algunos de los retablos y capillas que iremos encontrando durante la visita.

 

Ésta es una de las virtudes de la Catedral: cada vez que abrimos una puerta, aparece una historia detrás.

Retablo mayor de la Catedral de Tortosa

El claustro: piedra, muertes y ciudad

El claustro es otro de los espacios que conviene recorrer sin prisas. No es sólo el tranquilo patio que hoy podemos imaginar asociado a un edificio religioso, sino un lugar que durante siglos tuvo diferentes funciones. Sus galerías fueron espacio de circulación de la comunidad canonical, lugar de oración y de enterramiento y, en determinados momentos, también escenario de la vida pública tortosina.

 

Aquí encontramos decenas de lápidas, relojes de sol, capillas, sepulturas e inscripciones. También la denominada piedra de los Tres Sellos, relacionada por la tradición con las reuniones del Consejo de la ciudad y con los distintos brazos del gobierno urbano.

 

La Catedral y Tortosa no vivían de espaldas una a otra. La ciudad entraba en la Catedral constantemente.

Una capilla para la patrona de Tortosa

Siglos después del inicio de las obras góticas, la Catedral incorporaría un espacio completamente diferente en lenguaje y sensibilidad: la gran capilla barroca dedicada a la Virgen de la Cinta.

 

Es imposible contar la historia religiosa de Tortosa sin hablar de la Cinta. La devoción, las tradiciones, el relato de su bajada milagrosa, las reliquias, las procesiones y la vinculación de la Virgen con la ciudad acabaron convirtiendo esta capilla en uno de los grandes espacios simbólicos de la Catedral.

 

Entrar significa pasar del mundo gótico a un universo barroco de mármoles, relieves, pintura, luz y exaltación devocional. Y significa también entrar en una parte profundamente tortosina del edificio.

Una fachada que nunca llegó a ser terminada

Cuando volvemos al exterior, todavía queda una última historia frente a nosotros: la monumental fachada occidental de la Catedral, que quedó inacabada.

 

Y quizás esta falta de terminación explica mejor el edificio que cualquier intento de presentarlo como una obra perfecta e inmutable. La Catedral de Tortosa es el resultado de siglos de construcción, destrucción, ampliaciones, cambios litúrgicos, reformas, traslados y nuevas formas de entender un mismo espacio.

 

No apareció terminada. Fue sucediendo.

Como la ciudad que la rodea.

Plano completo de la fachada de la Catedral de Tortosa

Visitar la Catedral con otros ojos

En una visita guiada podemos contar fechas, nombres, estilos arquitectónicos y obras de arte. Son necesarios, pero intentamos ir un poco más allá.

 

Cuando mostramos una sepultura nos interesa saber quién estaba allí. Cuando vemos una puerta queremos saber quién la atravesaba. Cuando contemplamos un altar nos preguntamos qué sucedía. Y cuando aparece una piedra desgastada, intentamos descubrir qué le ha pasado para que haya llegado así hasta nosotros.

 

Poco a poco, el edificio deja de ser una sucesión de salas y obras de arte y vuelve a estar habitado. Y quizá ésta sea la mejor manera de descubrir la Catedral de Tortosa.

Descúbrela con nosotros

En Free Tours Tortosa recorremos la Catedral intentando entender tanto el monumento como las personas que lo han construido, utilizado, protegido y transformado durante siglos.

 

Una visita pausada, con contexto histórico, detalles que a menudo pasan desapercibidos y muchas historias escondidas a plena vista.

La Catedral de Tortosa se entiende mejor cuando conoces sus historias

Descubre sus siglos de historia, sus espacios y los personajes que dejaron su huella en uno de los edificios más importantes de Tortosa.

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